MEMORIAS INCOMPLETAS, por B. Lajo

Publicado: 13/04/2011 en Artículos, Colaboradores

14 de Abril de 1931.

España, su Pueblo, vive ese día como un despertar de Esperanza en el que una efervescencia social desahoga toda su alegría negada tras décadas de represión y sufrimiento, por una minoría que le impuso un yugo a su legítima Libertad, con el hambre que tienen grabado, presente; cincelado por el miedo y las injusticias en sus rostros. Las calles bulliciosas. Las sonrisas de la gente iluminaban sus labios; amanecían en ellos los colores que el gris de la tristeza había opacado durante años de sangre derramada por su conquista. Nadie quería perderse esos momentos donde las cadenas se rompían sin temor. Momentos de júbilo por un sueño que por fin, se había hecho realidad…

Cinco años después de este acontecimiento histórico, en los que se sucedieron hechos políticos y conspiraciones que impidieron al Pueblo Español desarrollarse en su ansiada lucha por ver crecer su Derecho de ser libre de las tiranías de las oligarquías dominantes; con un clero que nunca le favoreció y que se inclinó por perpetuar sus pesadillas, estalla una guerra civil (incivil y cruel) el 18 de Julio de 1936. Que traicionó su voluntad y le llevó a un genocidio que no cesó hasta la muerte del que se proclamó caudillo de un llamado Movimiento Nacional, inspirado en el fascismo, y que se autodenominó Nacional-Catolicismo. Que sometió hasta su muerte en 1975, el general Francisco Franco Bahamonde: “el generalísimo Franco”.

En este presente de 2011

…en el día que rememoramos aquella esperanza popular, me detengo a contemplar a esos hombres y mujeres que dejaron sus vidas por la Libertad sacrificando su futuro y su porvenir sin que sus nombres hayan sido relevantes o personalmente reconocidos en las páginas de nuestra reciente Historia. Muchos aún esperan ser rescatados de las fosas comunes donde yacen sus restos anónimos y silenciados por la dictadura y en una democracia, que para muchas familias está bajo sospecha por no haber recuperado sus memorias ni poderles honrar como quisieran. Memorias incompletas e insuficientes para que podamos cerrar por fin aquel trágico capítulo que todavía perdura en el recuerdo de muchos que viven y sufrieron como una tormenta devastadora.

En 1998, publiqué un libro que recuperaba una de esas memorias anónimas, “Sólo habremos muerto, si vosotros nos olvidáis”. La historia de un labrador del pueblo valenciano de Massamagrell y la de sus compañeros fusilados en la posguerra. Se llamaba Manuel Martínez Iborra. Su nieta, mi compañera y amiga, Francisca Martínez Fort, me acercó una caja de puros de cartón que su padre, Manuel Martínez de la Concepción, había conservado como una memoria que debía preservar para que nunca olvidáramos su triste destino. Contenía la correspondencia oficial y clandestina de su padre en el año de espera de cautiverio hasta que le llegó la hora de su fusilamiento el 14 de septiembre de 1940. Siendo un niño de nueve años, tuvo que enfrentarse a aquella realidad como huérfano y primogénito de su familia. La muerte de su padre marcó su carácter, obviamente. Nadie puede desterrar ese sentimiento maldito de haber crecido sin la protección de un padre porque, como muchos derrotados (que no vencidos) habían decidido combatir a quienes les querían arrebatar su futuro, el de sus hijos, de libertad y de justicia. Era un labrador, no un soldado. Un humilde labrador que quiso sembrar de esperanza su futuro y el de su familia. Nada más. Un hombre que se resistió a ser pasto de la soberbia y que en su lucha, quiso y consiguió, defender con su propia vida nuestro futuro.

Para mi sorpresa, hace unos días, contacté con el hijo de un hombre que tuvo ese mismo sentimiento, MMLL, hijo de otro Manuel Martínez Iborra. Que combatió como militar médico a la barbarie franquista. Un mismo nombre, dos idénticos apellidos. Y un mismo objetivo… Este Manuel Martínez Iborra fue Secretario General de la FUE de Valencia (Federación Universitaria Escolar) y presidente de la UFEH (Unión Federal de Estudiantes Hispanos) que agrupaba a todas las FUEs del Estado Español. Al estallar la Guerra Civil, como militante comunista se fue voluntario al Frente de Teruel. Por su capacidad de organización y de liderazgo, se le designó para la organización de una Brigada de Sanidad. Fue instruido en Albacete y destinado al Frente de Madrid donde permaneció toda la guerra. Fue nombrado Mayor (comandante) máximo rango al que podía ascender un militar no profesional sanitario. Fue, además, Jefe de Sanidad del III Cuerpo de Ejército. Poco antes de finalizar la contienda, en la locura colectiva de la que fueron víctimas presos del caos, que tres largos y penosos años de lucha fratricida ocasionó, fue hecho preso tras el golpe de Casado en Alcalá de Henares. Logró, tras muchas y peligrosas peripecias, escaparse a Cataluña donde fue detenido. Aquello salvó su vida, ya que allí nadie le conocía y fue trasladado a San Miguel de los Reyes. Después a Monteolive, donde pasó la mayor parte de su condena. Aunque su periodo en prisión fue relativamente breve, al salir y rehacer su vida, recuerda su hijo, MMLL, que siendo un niño, en los años 50, al ser reconocido por los “gerifaltes” del SEU (Sindicato Español Universitario) era insultado en la calle. La posguerra, fue tan cruel para los derrotados (que no vencidos) como lo fue la misma guerra, más cruel si cabe, pues no había opción para poder defender su dignidad y, sufrir ese desprecio en presencia de su hijo, nos aproxima al dolor que padecieron los represaliados una vez terminada la guerra.

Me reservo el final de esta Memoria Colectiva, para decir al lector que he vertido muchas lágrimas al escribir este texto lleno de sentimiento y de dolor. Pero también de esperanza porque nos sirva de referencia para que no se repitan tan horribles pesadillas. A través de un correo electrónico, le dije a Manuel Martínez Llaneza, lo importante que era trasmitir el recuerdo a nuestra juventud, a nuestro futuro, para que no ignoren su pasado. Hoy me siento feliz por haber unido, fuera del tiempo y del espacio a estos dos hombres que se llamaban igual y tuvieron los mismos apellidos. ¿Casualidad o causalidad? Dejemos que sea el lector, como siempre, el que tenga la última palabra.

Benjamín Lajo Cosido (Memorialista)

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