SINERGIA, por Benjamín Lajo*

Publicado: 11/10/2010 en Artículos, Colaboradores

El Viento de la Alegre Rebeldía me llevó, desde La Serranía del Alto Turia, hasta las calles de la ciudad. Atrás dejaba a mi azada Callejana, al cuidado de mi compañera que, como a muchos eventuales de largo recorrido y coaccionados sin remedio por su situación vital, estuvo físicamente ausente; pero presente en el corazón de aquellos que defendemos nuestra Dignidad porque representábamos a muchos y muchas currantes que han sufrido a los piquetes de la patronal, y de eso, nadie habla o se ha hecho en voz baja.

Las últimas veces que he bajado a la urbe, lo hice con ganas de salir en el mismo instante en el que llegué. Me sentía, tras casi un lustro entre los montes de las sierras valencianas, como un extraño que observaba ese espacio de asfalto y hormigón por vez primera en visitas rápidas, urgentes, para poder así regresar cuanto antes al pueblo. Sin embargo, ese viento alegre y rebelde del que les hablo me acompañó en este viaje y lo convirtió en diferente a los anteriores. No sólo me sentía convencido de querer vivir la Huelga General del 29 de Septiembre; de ser testigo y protagonista, como todos los que nos congregamos, sino que además, renovaba mi tozuda y agridulce esperanza en el Ser Humano. Necesitaba saber si éramos capaces de comprender qué es lo que está pasando en esta inmensa colmena llamada sociedad. Donde existen reinas, zánganos, soldados y obreros.

El día 28, víspera de la huelga; anduve por las calles del centro de Valencia. Caminé entre la gente con una sorprendente paz interior. Esta vez, no tenía prisa. No me agobiaba la multitud a la que observaba sin invadirles. Agazapado en mis pensamientos donde aún podía oler al campo y escuchar cercanos sus sinfónicos sonidos. Mi piel todavía estaba impregnada de esencia serrana y no la había devorado del todo el monóxido. Al anochecer, cansado de caminar, pernocté en casa de mi familia de Burjassot. Mi sobrina y su amigo me acercaron a la mañana siguiente, el 29 de Septiembre, de nuevo al centro y me dijo que estaba impresionada del poco tráfico que había a esas horas. Me comentó que cuando iba a trabajar un día normal circulaba el triple de vehículos durante ese corto trayecto. Me dejaron en la Plaza del Ayuntamiento. La verdad es que saqué unas fotografías para inmortalizar esos hechos buscando los relojes públicos de las avenidas que nos demuestran la ausencia de coches. Hice cómodamente, desde el centro de la carretera, instantáneas de la Calle San Vicente, el Barrio del Carmen, Poeta Querol… El Mercado Central, que aunque estaba abierto, a las ocho estaba casi vacío. He vivido en la Calle Poeta Llombart dos años, cerca de la Plaza de la  Merced, y sé que a esas horas muchos hacíamos ya la compra. Aquello me creó una grata sensación. No había piquetes informativos y deduje que la gente fue la que tomó la decisión de sumarse, cada uno a su manera, al rechazo social y pasar de la compra por un día. O haciendo deporte en el Cauce del Turia, paseando. La estación de trenes, desierta. Unos pocos vigilantes de seguridad y trabajadores transitaban por aquel espacio sin su habitual trajín. Los paneles luminosos de información de los andenes se veían casi vacíos de mensajes de las salidas y las llegadas.

Parecía un día festivo salvo por la presencia de las fuerzas de seguridad omnipresentes en los alrededores de la Generalitat Valenciana, del ayuntamiento. De la Plaza de la Virgen de los Desamparados, que no acudió a la manifestación, por cierto. Blindando su territorio de posibles amenazas. Cansado de patear las calles de la ciudad, regresé a comer a Burjassot en el tranvía. Treinta y cinco minutos de espera en el andén, llegó, hasta la estación del Pont de Fusta el tranvía de Mas del Rosari. Lo que me confirmó que se respetaron los servicios mínimos, y a la vez, esa tardanza justificada, se iba sumando a un paro que se ha tratado de minimizar con manipulaciones desde los medios informativos al servicio de los poderes. Lo que no pueden manipular son los hechos, la evidencia. Antes de volver a Valencia, mi sobrina me vendó el pie derecho. Las ampollas florecieron en el huerto de su planta y su apaño me alivió para echar el resto: La gran cita en la Plaza de San Agustín, a la que pudieron venir ellos también a manifestar su repulsa, ya que les impidieron los piquetes patronales hacer huelga a riesgo de perder su precario trabajo (que me digan que eso no es coactivo) para decirles, ¡No! A los obtusos que nos gobiernan y a los que quieren hacerlo del mismo modo o peor (no sé si es posible sino es con látigo y en galeras) Sacrificando a los más desfavorecidos para proteger sus privilegios. Es decir, a los opresores de siempre, sólo que en este comienzo de siglo y de milenio, camuflados en una democracia que ya no se creen ni ellos. Ha caducado su sistema, sus gobiernos mundiales y la tendencia nos augura que van a tardar en comprenderlo.

Llegamos una hora y media antes, a las dieciocho. La plaza y sus calles adyacentes bullían. Las banderas de los colectivos obreros y las organizaciones nos sonrieron. No tardamos en encontrar nuestro lugar entre los colores de una marea roja y negra que nos dejó boquiabiertos, pues no podíamos imaginar que tantos colores libertarios estuviesen avivando aquellos momentos con una alegría contagiosa. El caso es que bastaba abrir los ojos para presenciar todo el conjunto social que estaba allí reunido. Los reencuentros con mis amigos y compañeros del Puerto de Sagunto, que me informaron del paro general en ese punto estratégico industrial, así como en el Puerto de Valencia en el que se repitió la escena. Los polígonos dejaron su actividad y los piquetes en algunos puntos tuvieron que insistir en que aquello nos implicaba a todos sin graves consecuencias. Siempre me demuestran cada vez que nos vemos su sincero aprecio y su cariño. También me encontré a alguno de mis compañeros prejubilados por la trágica Reconversión Naval de los astilleros, que tampoco faltaron, como era de esperar. Tanto se prolongó nuestra salida esperando que la gran masa humana se moviera, que partimos como es costumbre en todas, los últimos. Cuando comenzábamos hacerlo, ya estaban regresando del recorrido los primeros en salir desde la Plaza de San Agustín. Fue una manifestación rotativa donde al final no se miraban ni las siglas ni los colores. Saludos, risas, gritos reivindicativos y mucha complicidad en las bases. Todos acudimos a defender nuestra dignidad. Los antidisturbios, estaban en esos momentos muy ocupados en el circo romano reconvertido en campo de fútbol dos mil años después, como en todas las ciudades. Disolviendo a los aficionados ingleses y valencianistas que tuvieron algo más que palabras al finalizar el partido. Con lo cual, salvo unos policías municipales con caras de aburridos en las riberas de la calle San Vicente, estuvieron más preocupados por lo que estaba sucediendo en los alrededores del Mestalla, que del pedazo de macro manifestación en la que no presencié ningún altercado; y eso que éramos unas decenas de miles más de personas que los que prefirieron ir al fútbol a ver cómo perdía su equipo. Reflexionen ustedes mismos…

Cuando llegamos al final del recorrido, esta vez, no sé por qué (aunque me lo imagino) se evitó que pasáramos frente a las puertas del Corte Inglés como se ha hecho siempre en Valencia en las manifestaciones que he visto. Lo comentamos varios compañeros de lucha que caminábamos juntos sin saber nuestros nombres. No hacía falta. Algo deseado y especial me reservaba aquel largo día, y fue, que aquella dispersión, no era una despedida. Más bien fue un: “Hasta luego”. Un: “Esto no ha acabado, ha comenzado”. Y si nosotros hemos sabido dar una lección de civismo esta vez, que no nos llamen radicales la próxima, porque la habrá, en la que nos congreguemos bastantes más enfadados. Porque si no saben hacerlo mejor, no nos compliquen la existencia, por favor, ¡Que día que pasa no vuelve! Y ya ha quedado patente y claro en la Historia, que la Soberbia y sus injusticias suelen despertar a la Ira. Recauden todo lo robado por los golfos aprovechados que se han enriquecido a costa de nuestra miseria y estando imputados siguen en sus puestos de gobierno antes de que trituren toda la suciedad que esconden.. Investiguen dónde depositan su botín en paraísos fiscales, “sus, tessssssoros”, para poder invertirlo en futuro. La prosperidad es de, por y para todos. No la riqueza personal de unos pocos. Ya no hablan de bienestar social cuando antes no paraban y se les secaba la boca de repetir ese discurso. De lo orgullosos que debíamos sentirnos de tener cubiertas y protegidas la Sanidad, la Enseñanza, la Seguridad Social con superávit. Ahora nos hablan de crisis. ¿Crisis? La nuestra, claro. La que sus desmesuradas y ostentosas vidas han provocado. Y siguen sin querer enterarse de que todo un pueblo cabreado es el arma más peligrosa a la que se pueden enfrentar, porque sus armas las dispara la desesperación. Es como si desearan ver de nuevo otra vez sangre, cárcel, exilio, sueños rotos… ¿No creen que ya es hora de demostrarnos que se han equivocado de dirección en los recortes sociales y de rectificar con valentía? ¿Que esos recortes deben aplicárselos a los que viven lujosamente a costa de los que a duras penas sobrevivimos? Como dicen en su jerga política, la pelota está en su tejado. Y en el de sus mecenas. Ustedes mismos. Como nuestros mineros, no vamos a esperar. Han abierto un abismo profundo que van a tener que volver a cerrar antes de que nos trague a todos. Aquí, no hay parches que valgan.

*Benjamín Lajo Cosido, memorialista.

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