El viajero ilustrado, por Benjamín Lajo Cosido

Publicado: 26/07/2010 en Artículos, Biblioteca, Colaboradores, Cultura
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Estatua de Simón de Rojas Clemente en su Titaguas natal. levante-emv

Biografía. El botánico Simón de Rojas Clemente, uno de los cuatro grandes de la botánica valenciana, demostró con sus investigaciones naturales que el estudio del medio ambiente es una garantía de futuro si se respeta su generosidad. La situación política de su tiempo restó y frustró muchos de sus proyectos. Ahora cabe realzar su figura.

Simón de Rojas nació en el pueblo de Titaguas, en El Alto Turia, en La Serranía de Valencia, a finales del siglo XVIII, en 1777. Este sabio botánico, amapola entre el trigo, hizo que la investigación fuese para él una sana obsesión por hallar respuestas sobre su entorno, allá donde fue. Sus características, sus posibilidades, todo llamaba su atención; y lo que creo más importante: Buscaba siempre su razón de ser. El conocimiento de su estudio y el mejor aprovechamiento, por consiguiente, de las bondades de las tierras por las que anduvo.

Discípulo aventajado del botánico Antonio José Cavanilles, fue, junto a los botánicos Pío Font Quer y Mariano La Gasca Segura, uno de los cuatro grandes de nuestra historia botánica. Pero fue uno de estos eruditos mencionados, el aragonés La Gasca, con quien mantuvo una estrecha relación que se consolidó en amistad y fructificó en estudios como Ceres Hispánica, que junto al que fue director del Real Jardín Botánico, Sandalio Arias, es considerado uno de los mejores trabajos realizados sobre el trigo. Sus investigaciones nos hacen comprender que el estudio del Medio Ambiente y todo su inmenso horizonte es una garantía de futuro si respetamos su infinita generosidad. En sus observaciones nos enseña a ver lo que normalmente miramos. Él nos hizo comprender que la Naturaleza se manifiesta en cualquier rincón. Que su presencia nos afecta y que debemos protegerla, pues Ella lo hace con nosotros.

Aventurero en clima hostil

Simón de Rojas fue un viajero y un aventurero al tener que desarrollar sus actividades, sobre todo por Andalucía, en un ambiente hostil, en pleno apogeo de la invasión francesa y los sucesivos años de conflictos sociales. Aun así, no dejó de trabajar. Dedicó de catorce a diecisiete horas al día a sus estudios, no sólo botánicos, también agrónomos, que enriquecieron y enriquecen nuestro patrimonio natural a pesar de ir mermando la salud, a la que achacaba no permitirle trabajar más de lo que deseaba. Lo que creo que nunca pensó nuestro sabio es que fue precisamente ese ritmo de trabajo el que le estaba enfermando y el que sería la causa de su temprana muerte al no tener tiempo para sanar o ralentizar unas fiebres llegadas del otro lado del océano, que probablemente contrajo en su estancia en Cádiz.

No soy más que un lector de su apasionante vida a través de sus biógrafos, como Samuel Rubio Herrero, que ha dedicado mucho tiempo al estudio de la vida de este sabio titagüense con datos de gran relevancia para aproximarnos con maestría y pulcritud a su figura. Y de la profunda investigación botánica de su ensayo inacabado por su temprana muerte en 1827, Historia Civil y eclesiástica de Titaguas de D. Simón de Rojas Clemente y Rubio, que en un excepcional libro recuperan para el presente y para el porvenir Fernando Martín Polo y Eduardo Tello Torres, quienes han trabajado admirablemente en este último homenaje que hace a su tierra valenciana esta extraordinaria persona.

De la calidad humana de D. Simón podemos decir que fue de la talla de su sabiduría. De sus escritos se desprende su carácter bondadoso y, para muestra de lo que les cuento, basta leer su testamento para comprenderme. Destinó una parte importante a las familias más necesitadas de Titaguas. Supo depositar su legado personal y científico a aquellos que consideró merecedores de su destino. A su sirvienta, Marta Ródenas: “É en recompensa a lo bien, cuidadosa y caritativamente que me ha servido, sufriendo incomodidades en mis enfermedadesÉ”, le dejó en herencia, una no menos generosa renta.

Su pueblo actual le recuerda como Hijo Predilecto. Sin embargo, su estancia en él fue por desgracia breve por sus responsabilidades en el Real Jardín Botánico en Madrid o su poco entusiasta experiencia como diputado por Valencia en un mundo ajeno a sus verdaderas pasiones que eran sus estudios de campo, como los que llevó a cabo por tierras andaluzas, en concreto Granada, a la que prestó una especial dedicación sobre su Botánica Geográfica, sobre los cultivos de La Vega, de la que se enamoró por su armonía y la simbiosis que allí halló entre el Ser Humano y el Medio Natural.

Simón de Rojas midió las montañas más altas de Sierra Morena, Vara a Vara, corrigiendo la altitud del Pico Mulhacén, que no tenía, al parecer, debidamente calculado su nivel geodésico. Completó su estudio en el Pico Veleta y los menores que componen la sierra granadina. Pero sin duda fue La Vega de Granada la que más le cautivó. Como aprendiz de hacedor de sueños, me reservo este espacio en el que trato de imaginarme a ese joven y entusiasta investigador de cuanto sus ávidos y escrutadores ojos observaban. Sus pensamientos en perfecta sintonía con sus sentimientos, mientras contemplaba una viña, de donde se inspiró para que viera la luz su obra sobre la vid, Variadades de la vid que vegetan en Andalucía, o mientras paseaba por los campos al encuentro de descubrimientos que en aquellos años pocos eran los que tenían la suficiente sensibilidad para apreciar la riqueza que la tierra y el mar escondían. Logró reunir una amplia e interesante colección de algas marinas en sus viajes por las costas andaluzas. Alguna de ellas, identificadas por primera vez, unos estudios que siempre le agradecerá el futuro.

El Gremio Botánico internacional reconoció su labor y sus estudios se difundieron por muchos países. Sin duda, la situación política de su tiempo restó y frustró muchos de sus proyectos. Pero eso ya no tiene remedio si no es para aleccionarnos de los errores cometidos y no tener que revivirlos.

Un entusiasta de la investigación

Cuando pienso en La Vega de Granada, en el entusiasmo, en la dedicación de las investigaciones realizadas hace casi dos siglos por D. Simón de Rojas en este espacio onírico del que me apropio como opinante, también hay un lugar destacado para el poeta granadino, Federico García Lorca. La Vega de Granada inspiró y evocó muchos de sus universales poemas, que surgieron de este privilegiado rincón que nuestro querido botánico titagüense recorrió concienzudamente. También recorrió el llamado Soto del Roma, admirado por la vida que albergaba.

Lorca fue, es y será el ruiseñor de La Vega. Nació en la villa granadina de Fuente Vaqueros el año 1898 y fue violentamente asesinado en la guerra incivil de 1936. Ambos, botánico y poeta, murieron prematuramente. A nuestro botánico le quitó la vida la enfermedad y al poeta-ruiseñor la ignorancia ciento nueve años después. Lo que no pudo arrebatarles la injusta muerte fue su amor a La Vega, donde sus sueños brotaron al ser abonados por su innata inquietud. Una pasión que siempre les acompañó, y ahora a nosotros, sus lectores. Pero, por desgracia, o mejor expresado, por la gracia de quien no le importa su pasado, ni que milenios de Historia en esa tierra, como en otras muchas, sean víctimas silenciosas y silenciadas por la codicia de especuladores que dilapidan una memoria irrecuperable (a menos que obre un milagro y la Humanidad se reconcilie consigo misma; algo que como agnóstico, dudo).

Hace unas semanas emitieron un interesante documental sobre los estragos que, por la plaga urbanística, sufre hoy en día La Vega de Granada. El historiador Gibson recorrió La Vega que Lorca vivió y conversó con los actuales pobladores, que con dolor, comentaban al biógrafo de Lorca cómo había cambiado su aspecto en pocas décadas. El ruido ha silenciado los cantos de las aves y el verde abundante que durante siglos se ha nutrido de las aguas de la sierra que llevaron con inteligencia y respeto los antiguos hoy no es más que pequeñas islas verdes rodeadas por ladrillos sin más sentimiento que el económico.

PUEBLO
Sobre el monte pelado un calvario.
Agua clara y olivos centenarios.
Por las callejas
hombres embozados,
y en las torres,
veletas girando.
Eternamente girando.
¡Oh, pueblo perdido,
en la Andalucía del llanto!

Este poema premonitorio de Lorca, se eleva sobre las grúas de la incomprensión. Nos alerta de un futuro que ya ha llegado. Nos recuerda que en nuestras manos está la responsabilidad de impedir que los intereses urbanísticos acaben con un patrimonio forjado a lo largo de nuestra basta y rica Historia. Que el esfuerzo de seres como Simón de Rojas o García Lorca por ilustrarnos no sea vano y seamos capaces de salvar lo que aun nos queda. Que los depredadores del siglo XXI no avancen en su retroceso. El porvenir no nos perdonará que nuestra indiferencia haya sido la causa de su condena. Creo que son motivos suficientes para que, como dijo otro poeta andaluz, de la Generación de Lorca, la del 27, Rafael Alberti, comencemos “a galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar”.

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