[…] Con nuestra catadura de hachas nuevas,
¡a las aladas hachas, compañeros,
sobre los viejos troncos carcomidos! […]

Más de 4000 senderistas han partipado este año en la Senda del Poeta. Concluyeron el domingo 19 de abril por la tarde ante la tumba de Miguel Hernández, en el cementerio de Alicante. El recorrido, iniciado el pasado viernes en Orihuela, se ha prolongado durante tres días, a lo largo de los cuales los participantes, que habían iniciado el recorrido procedentes de diversos puntos de la geografía española, han hecho a pie 72 kilómetros. Una senda que pasa por las poblaciones que marcaron la vida de Miguel Hernández y que ha tenido un carácter especial al conmemorarse este año el centenario del nacimiento del poeta. Durante todo el recorrido se han dejado ver las banderas republicanas, en reivindicación d ela memoria del Poeta del Pueblo.

En la última etapa los participantes, tras dormir el sábado en Elche, se trasladaron hasta la pedanía de El Rebolledo, donde a mediodía celebraron una comida y degustaron una paella gigante. Con posterioridad los senderistas se desplazaron hasta el cementerio de Alicante donde, a la 17.30 horas, rindieron su último homenaje al poeta oriolano.

Un acto en el que ondearon una vez más las banderas republicanas y supuso el final de la Senda del Poeta. En su lápida sobre la que los seguidores del poeta habían puesto con anterioridad ramos de flores y en la que, junto al pequeño monolito de mármol en el que se puede leer el poema «Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré», destacaba un recipiente de cristal en cuyo interior había una cebolla. Una clara referencia a uno de los poemas más tristes de Miguel Hernández, las Nanas de la cebolla, escritas en la cárcel y dedicada a su hijo tras recibir una carta de su mujer, Josefina Manresa, en la que le decía que no comía más que pan y cebolla.

Durante el acto de homenaje intervino un senderista de Guadalajara, Paulino Aparicio, que leyó un poema del El rayo que no cesa y titulado Como el toro he nacido para el luto, que arrancó los aplauso de los asistentes.

Especialmente emotiva fue la intervención del escritor alicantino José Luis Ferris, que recibió a los senderistas diciéndoles «habéis llegado a la meta, habéis alcanzado el alma de Miguel, compartís ya el mismo aire, el mismo sueño de uno de los más altos poetas de nuestra literatura», para a continuación relatar los instantes posteriores a la muerte de Miguel Hernández, el día 28 de marzo de 1942, y su posterior traslado al cementerio de Alicante, donde tuvo que esperar hasta el día siguiente para recibir sepultura en el nicho 1009. Ferris supo relatar con emoción aquellos instantes «que ninguno de vosotros ha querido o ha sabido olvidar. Los poetas mueren pero dejan una senda abierta para que los hombres, las mujeres, la humanidad entera la recorra. Vosotros habéis andado, moral y físicamente esa senda, y el poeta lo sabe desde ese lugar donde su amante cuerpo sueña y yace».

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“ALBA DE HACHAS”

Amanecen las hachas en bandadas
como ganaderías voladoras
de laboriosas grullas combatientes.

Las alas son relámpagos cuajados,
las plumas puños, muertes las canciones,
el aire en que se apoyan para el vuelo
brazos que gesticulan como rayos.

Amanecen las hachas destruyendo y cantando.

Se cubren las cabezas de peligros
y amenazas mortales:
temen los asesinos que preservan cañones.
Los órganos se callan a torrentes
y Dios desaparece del sagrario
envuelto en telarañas seculares.

Vuela un presentimiento de heridas sobre todos,
llega una tempestad atronadora
de ceños como yugos peligrosos,
se aproximan miradas catastróficas,
pies desbocados, manos encrespadas,
hachas amanecidas goteando relente.

Vienen talando, golpeando, ansiando.
Asustan corazones de rapiña,
ahuyentan cuervos de podrido vuelo,
y el ruido de sus bruscos aletazos
hace palidecer al mismo oro.

Donde posan su vuelo revientan sangre y savia
como densas bebidas animales,
donde canta su ira alza espanto
su cabello de pronto encanecido,
donde sus picotazos se encarnizan
se apagan corazones como brasas echadas en un pozo.

Donde su dentadura dura muerde
hay grandes cataclismos de todas las especies.

Ferozmente risueñas, entre manos
igual que remos, hachas iracundas,
voces de un solo hachazo,
truenos de un seco y único bramido
y relámpagos de hojas repentinas,
talan las hachas bosques y conventos,
tumban las hachas troncos y palacios
que tiene por entraña carcoma y yesca estéril,
y caen brazos y ramas confundidos,
nidadas, sombras, pomas y cabezas
en un derrumbamiento babilónico.

Amanecen las hachas crispadas, vengativas.
Sacuden las serpientes su látigo asustado
de su expresión mortal de rayo rudo.

Con nuestra catadura de hachas nuevas,
¡a las aladas hachas, compañeros,
sobre los viejos troncos carcomidos!
Que nos teman, que se echen al cuello las raíces
y se ahorquen, que vamos, que venimos,
jornaleros del árbol, leñadores.

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