El ambiente de insatisfacción con la situación general de la democracia en España se está extendiendo no día a día, sino minuto a minuto, incluso en ambientes moderados.

crisis

El deplorable, impresentable, espectáculo que da la clase política se supera cada día, de tal forma que ya nadie se arriesga a decir que hemos tocado fondo, entre otras razones porque a continuación de lo que puede parecernos a todos el último episodio de nuestra chapucera actualidad -un nuevo escándalo de corrupción, una declaración increíble de algún dirigente o una actuación judicial-, se suceden otros y otros episodios que superan a los anteriores y que echan por tierra cualquier previsión por prudente que sea. No hay nada más que escuchar a Rajoy, Pajín, Blanco, Camps, Aguirre, Tomás Gómez para darse cuenta de que estamos ante una clase política sacada de un esperpento que posiblemente no hubiera podido concebir ni el mejor Valle Inclán. No es, pues, de extrañar, que la gran mayoría de la población no quiera ni oír hablar de nada que tenga que ver con los asuntos públicos. Los niveles de corrupción han llegado a tal extremo que el informe Margaret Auken que hemos divulgado en esta misma web ha pasado desapercibido por los dos partidos –PSOE y PP- que integran esta especie de carrera de relevos que se convierte en gobierno de la llamada nación española cada cuatro años.

Casi nada de lo que vemos en nuestra clase política se parece a lo que imaginamos hace simplemente diez años, menos aún, por supuesto, con lo que nos podía caber en la cabeza hace 30 años, cuando éramos aún más ingenuos. El deterioro, el desprestigio en que ha caído la llamada clase política -¿y por qué no decirlo nosotros mismos porque esto salpica a todos?- es tal que aunque sea cierto que no hay que generalizar –y es verdad, no hay que generalizar- ya casi nadie se molesta en hacer excepciones y lo que en un momento pasaban por topicazos de gente sin formación (decíamos entonces): todos son iguales, todos van a lo mismo, no quieren nada más que forrarse  se ha convertido en la creencia más extendida.

Seria injusto atribuir toda esta responsabilidad a la clase política, pero en buena medida así es. Al lado de los políticos, los medios de comunicación, en especial las televisiones han contribuido rivalizando entre sí para hundir un poco más a la sociedad española en una charca de lodo y mierda. El debate se ha trivializado de tal manera que, programas tan infames como La Noria, pasan por ser programas de “debate”, cuando no son nada más que espectáculos que buscan el escándalo ridículo para que los espectadores no cambien de cadena. Y a este juego se prestan “periodistas” como Enric Sopena o María Antonia Iglesias, aunque tengan que compartir tablas de espera con “cerebros” como Belén Estaban y otras personalidades del mundo del corazón y de la placenta, como diría Francisco Umbral.Nos podemos hundir más, se puede ir todavía más al fondo, este nunca se sabe dónde está.

En libros de viajes sobre España escritos hace 30 años por ingleses, franceses o americanos se puede leer cómo sus autores quedaban sorprendidos y admirados al ver cómo artistas, intelectuales, escritores, economistas, historiadores o filósofos no importa la ideología –algunos ya desaparecidos- como Miguel Delibes, Buero Vallejo, Ramón Tamames, Fernando Arrabal, Fernando Savater, Camilo José Cela, José Luis Sanpedro, Javier Sádaba, Andrés Amorós, Luis Landero, Juan Goytisolo, Vazquez Montalbán, Juan Marsé, Angel Viñas, Tuñon de Lara, Cortazar, Ernesto Cardenal, Santos Juliá, José Luis Aranguren, José Luis Borau,  Rafael Alberti, Manuel Sacristán, Fernández Buey, etc- formaban parte del debate que había sobre temas de actualidad o de historia en programas populares de televisión, como La Clave, Buenas Noches, Si yo fuera presidente, etc, y como los espectadores reconocían a estos personajes, que eran bastante familiares en las pantallas.

Hoy día, si nos atenemos a los medios, muchos más que entonces, vemos que parece ser que este país no da de sí nada más que para reconocer opiniones de Zapatero, Rajoy, Leire Pajín, Soraya, el impresentable cardenal Cañizares o Rouco Varela y su altavoz Mayor Oreja y la cuadrilla de tertulianos cuya mención por segunda vez pudiera hacer saltar Internet en miles de pedazos.

La situación, decíamos antes, no ha tocado fondo, porque nunca se toca fondo ni se puede evitar hacerlo si no nos lo proponemos. La voz del sentido común de  Javier Marías queda ahí en la última del suplemento dominical de El País protestando semana tras semana contra cualquier atropello municipal sin que nadie se moleste en hacer el mínimo caso. Lo mismo ocurre con artículos sabrosísimos de Muñoz Molina, Almudena Grandes, Elvira Lindo, Maruja Torres, o el recientemente desaparecido Javier Ortiz, o Vicent Navarro, Santiago Niño, o muchos otros cuyo talento está muy por encima de la media de los personajes populares que nos asedian a diario en la peor televisión que hemos tenido desde la muerte de Franco.

¿Qué significa todo esto? Que hace falta un cambio radical, que tiene que venir precedido por una crítica atroz contra la mediocridad imperante. En España hay gente capacitada para otra cosa, hay gente con talento para dar otro contenido, otra profundidad de mayor peso a nada que se esfuerce ante el espectáculo tan ridículo que ofrecen nuestros representantes políticos. Y esto no va a venir porque sí. Esto solo puede venir después de una toma de conciencia que nos lleve a aumentar el número de ciudadanos hartos de lo que se ha vendido como el modelo de transición a la española. Los científicos dicen que las cosas hay que medirlas por los resultados. Pues estos son los resultados que tenemos después de 30 años, un país que es capaz de dar pelos y señales del traje de primera comunión de un famoso y que sin embargo no puede opinar de los que la misma comisión europea dice sobre la corrupción en nuestras costas porque ni PSOE ni PP quieren que se sepa o se divulgue como corresponde.

La situación actual está agotada. El modelo cultural que se refleja en la educación copada por la “subvención” religiosa tiene que cambiar. Tiene que recuperarse un modelo público independiente de cualquier interferencia religiosa y el estado tiene que cortar por lo sano. No podemos asistir al espectáculo que se dio hace un año en el Vaticano, cuando Montilla, Bono y la Vicepresidenta de la Vega, compitieron en una canonización por la silla más cercana a la llamada autoridad vaticana del momento. Hoy mismo se publica que el gobierno no piensa replantearse los acuerdos con el Vaticano. Y el tema pasa desapercibido en la televisión. Esto está muerto. Y a los muertos lo que hay que hacer es enterrarlos cuanto antes.

¿Qué hacer?   La solución pasa por incrementar el número de descontentos y ofrecerles como alternativa una nueva constitución que de paso a una República democrática, laica, con una separación de poderes, que reconozca el derecho de autodeterminación y que reduzca el número de autonomías a las que lo justifiquen, que institucionalice la transparencia en las cuentas municipales, autonómicas o estatales, con una educación pública de prestigio, con unos medios de comunicación públicos en los que junto al entretenimiento se ofrezca el debate con todas las variantes de pensamiento –las que sean- que pueda dar de sí el tema del que se trate, sea cultural, económico, religioso, social, deportivo o político. La verdad es que visto el panorama casi podemos decir que después de 30 años todo está por hacer. Y que  esa es nuestra tarea: VOLVER A EMPEZAR.

(*) Pelayo Molinero es militante de la Agrupación Republicana de Coslada (A.R.Co.)

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