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Javier Fisac nos presenta su último libro “Dios es de Derechas”.  Javier Fisac Seco, como resultado de una investigación cuyas fuentes principales, aunque no las únicas, han sido la Biblia, las Encíclicas papales de los siglos XVIII, XIX y XX, los Concordatos firmados con Mussolini, Hitler y Franco, el Corán, las mitologías y los santorales… y considerando las investigaciones de otros autores como Freud, Reich, Fromm, Marcuse, Foucault… ha podido establecer que el dios monoteísta (en sus distintas versiones) fue creado en un tiempo histórico asociado a monarquías absolutistas e imperios y ha continuado a lo largo de la historia apoyándose en dictaduras militares (franquismo, salazarismo, pinochetismo) y regímenes totalitarios (nazismo, fascismo, teocracias islamistas).

Se trata de un dios enemigo de la democracia y de los derechos humanos, cuyos valores son autoritarios, patriarcales, antifeministas y homófobos. Valores que conforman, según Fromm, un carácter sadomasoquista y sobre los que se fundamenta una moral sexual represiva. Un dios que odia el placer sexual. De manera que, considerando las fuentes religiosas, Fisac ha podido concluir que «toda religión monoteísta es una teoría del poder autoritario que elabora una doctrina de salvación, previamente contenida en otros mitos y mitologías, y unos valores propios, una moral, cuya finalidad es ser un instrumento de control de masas al servicio del poder autoritario».
Este libro es original por las fuentes que utiliza; por las reflexiones y la desmitificación del fenómeno religioso y de Dios; porque, con una metodología dinámica, dialéctica e interactiva, está elaborado como un libro político, a la vez que histórico, filosófico y sociológico; es un libro original por sus atrevidas conclusiones.

Dios es de derechas. Nazionalismo, franquismo y catolicismo: una alianza contra la libertad

Dios es de derechas” (de Javier Fisac Seco, Historiador, caricaturista, periodista), es el primer resultado de un trabajo de investigación sobre la relación entre el erotismo, la religión y el poder. Este libro se complementa con otros dos: uno “Dios, el sexo y los católicos” y el otro “Los movimientos sociales periféricos al poder como impulsores del progreso”. Se cierra esta investigación con una exposición de arte que contiene tres secciones: una sobre el proceso de emancipación de la mujer en la Historia, titulada: “La mujer, de madre a sujeto de derechos”, que se desarrolla en unos 12.000 cuadros desde la Prehistoria hasta el tiempo presente, que se irían proyectando en pantallas;  otra el contraste entre erotismo y represión religiosa, una composición fotográfica elaborada por mí y la tercera, también elaborada por mí con modelos reales y jóvenes, es una recuperación de la belleza adolescente a la manera griega, con chicos y chicas, para enriquecer el unilateralismo griego, que tal vez, si la moral y la policía judicial no me lo impiden, titularé: “Efebos y korés: placer de dioses”.

Para Platón las ideas eran entidades absolutas e inmutables y de índole inteligente más bien que material. En su opinión, si se puede pensar en ellas, es que existen. Por lo que Platón no pudo demostrar nunca nada de lo que afirmaba, porque, como siglos después argumentaría Kant, de un concepto no puede deducirse la existencia, ya que la razón no puede convertir un objeto de sí misma en objeto de los sentidos.

Posteriormente Feuerbach diría que la idea de dios no es más que la esencia objetivada de la facultad del pensamiento. El “espíritu infinito”, a diferencia del finito, no es más que la inteligencia separada de los límites de la individualidad y de la corporeidad – individualidad y corporeidad son inseparables -, es decir, la inteligencia pensada o puesta por sí misma. Para  Marx, “Las ideas de las clases dominantes, son también las ideas dominantes en cada época; o dicho de otro modo, la clase que tiene el poder material dominante en la sociedad tiene también el poder ideológico dominante. ¿Cómo puede explicarse que las clases dominadas, las que con su trabajo enriquecen a los que los dominan, puedan tener la misma ideología o adorar al mismo dios, que sus dominadores y explotadores?
Reich responde a este interrogante en su trabajo: “La psicología de masas del fascismo”, donde dice:

“Es preciso que seamos  capaces de explicar cómo le ha sido posible al misticismo arrinconar a la sociología científica. Y nuestro trabajo no será útil más que si planteamos la cuestión de tal modo que la respuesta nos proporcione espontáneamente los medios de una nueva acción práctica. Si el trabajador no es ni francamente reaccionario ni francamente revolucionario, sino que se encuentra atraído  por las dos tendencias antagónicas reaccionarias y revolucionarias, el descubrimiento de este antagonismo tendrá que desembocar necesariamente en una práctica que oponga a las fuerzas psíquicas conservadoras las fuerzas revolucionarias. Toda mística es reaccionaria; el hombre reaccionario es místico.”

En este libro no voy a tratar de dioses cuya existencia no conocemos. Eso sería un lamento especulativo. Si quieren mostrarse que se muestren, es igual, porque nosotros, los seres humanos, seguiremos avanzando en su ausencia. De los que sí voy a tratar es de los llamados dioses monoteístas porque éstos sí podemos decir, incluso los ateos, que existen. Existen porque se identifican con el poder; existen porque poseen enormes riquezas; existen porque tienen privilegios; existen porque legislan; existen porque mandan y bendicen ejércitos;  existen porque tienen una moral que informa el superyó, el principio de la realidad, en términos freudianos o la tradición, la cultura dominante, el qué dirán; existen porque la mujer ha sido, y sigue siendo, históricamente despreciada, humillada y sometida; existen porque el placer ha sido perseguido, llevado a los tribunales, condenado e incinerado vivo, en nombre de dios, sus leyes y sus mandamientos.

Estos dioses, que consideran que el individuo no es un fin en sí mismo sino un instrumento a su servicio para alabarlos, ensalzarlos y glorificarlos,  ya nos están indicando su carácter autoritario y totalitario.

En torno al fenómeno religioso se fueron creando templos que estaban dotados con grandes propiedades y dirigidos por una casta sacerdotal que acabó siendo un estado dentro del Estado, más fuerte que la nobleza militar en cuanto que era un colectivo más sólido y con capacidad de movilizar al pueblo contra los poderes políticos cuando éstos amenazaban su poder. Con las grandes culturas urbanas se consolidan estas jerarquías religiosas que, siempre que el Estado sirva a sus propios intereses, estarán al servicio del poder, del que forman parte. Así la religión, como un fenómeno basado en la creencia de seres supranaturales que intervienen, de alguna manera, en los fenómenos físicos, humanos y políticos, devino en creación de una casta sacerdotal privilegiada y en factor legitimador del poder de ésta y del estado al que servían. La iglesia católica ha sobrevivido  a los regímenes  autoritarios a los que durante  siglos ha servido gracias a su autonomía organizativa.

Cuando hablamos de dioses se hace necesario establecer una primera diferencia entre politeísmo y monoteísmo. La conclusión que se sigue de esta diferencia es que ya estamos hablando en términos políticos. De democracia o de totalitarismo. Lo democrático es laico, decía la revista “Leviatán” en 1934, luego lo totalitario es religioso.  O en palabras del filósofo Schleiermacher si “La experiencia religiosa es un sentimiento de dependencia absoluta”, entonces, concluirá Eric Fromm, esto es así porque los individuos se someten  a poderes autoritarios exteriores a él e interiorizados en él.

Pero por qué razones el pueblo se ha dejado dominar y se sigue dejando dominar por dioses que habían sido creados para tenerlos sometidos a un poder autoritario. A esta pregunta ya han respondido W. Reich, E. Fromm y Marcuse, por lo que no voy a repetir sus argumentos que podemos encontrar en sus libros e indirectamente en el prólogo de este libro y en sus fuentes y  bibliografía. No voy a entrar, porque mi investigación se ha centrado en otros aspectos escasamente investigados.
El libro arranca, tras hacer un concentrado resumen de los siglos precedentes, en el siglo XVIII, el siglo de las Luces, porque es el momento en el que después de gobernar en alianza con los poderes imperialistas y con las monarquías absolutas, durante todos los siglos precedentes, la Iglesia católica, creadora y representante de la ideología tradicionalista sobre la que se legitiman y soportan los poderes absolutos, reacciona, transformando la tradición en ideología reaccionaria, contra el pensamiento progresista, ilustrado y modernista. Inexistente hasta este siglo.

En este siglo, el XVIII, “Se trataba de saber, según nos cuenta Paul Hazard, en “La crisis de la conciencia europea”, si se creería o si no se creería ya; si se obedecería a la tradición, o si se rebelaría uno contra ella; si la humanidad continuaría su camino fiándose de los mismos guías o si sus nuevos jefes le harían dar la vuelta para conducirla hacia otras tierras prometidas…

Era menester echarlos si no querían irse de buen grado. Había que destruir, se pensaba, el edificio antiguo, que había abrigado mal a la gran familia humana; y la primera tarea era un trabajo de demolición. La segunda era reconstruir y preparar los cimientos de la ciudad futura.

…A una civilización fundada sobre la idea de deber, los deberes para con Dios, los deberes para con el príncipe, los “nuevos filósofos” han intentado sustituirla con una civilización fundada en la idea de derecho: los derechos de la conciencia individual, los derechos de la crítica, los derechos de la razón, los derechos del hombre y del ciudadano”.

Esta era la ideología progresista frente a la cual se pone en marcha el pensamiento reaccionario. Lo impulsaron Hegel, un ideólogo oficial del militarismo prusiano, y otros pensadores católicos y cristianos, como Burke, Chateaubriand, Hardenberg (Novalis), Muller, Haller, De Bonald, de Maestre, Balmes, Donoso Cortés…etc. Pero antes que todos éstos la primera y más brutal reacción la protagoniza un papa, Pío VI.

Un papa no es otra cosa que un aristócrata romano que ha nacido, vivido y muerto rodeado de lacayos, siervos y riqueza, como un emperador romano, cuyos modales, formas y vestidos conserva siglo tras siglo siguiendo el modelo de varón virtuoso establecido por Aristóteles en su “Etica nicomaquea” donde propone como modelo de conducta el término medio, que es el carácter ideal del varón magnánimo. “El varón magnánimo, dice, se preocupa de modo especial por el honor y la deshonra. No se complacerá sino con moderación en los honores grandes que le tributaren los virtuosos, pues entiende que sólo le dan lo que él de suyo se merece y aun menos de lo que se merece; puesto que sería imposible concebir un honor que fuese proporcionado a la virtud perfecta. No obstante, aceptará los honores, por no tener los demás cosa más grande que ofrecerle. Pero despreciará los honores tributados por el vulgo o en virtud de causas de poca monta, ya que él se merece cosa mejor.

Asimismo despreciará la deshonra, sabiendo que con justicia no puede infligirse a él… El varón magnánimo tiene justo motivo para despreciar a los demás, porque de ellos se forma un juicio acertado; en cambio el vulgo carece de razón justificada para despreciarlo a él…El varón magnánimo no es aficionado a enfrentarse con peligros pequeños, ni en general con peligro alguno; porque son pocas las cosas que pueda tener él por tan importantes que lo puedan dañar…Además, según parece, el varón magnánimo deberá ser pausado en sus movimientos; de voz profunda; y sosegado en su hablar, pues no es verosímil que un hombre se apresure, si no tiene muchas cosas de que andar solícito; ni que se dé tono, si ninguna cosa juzga importante; que tales son las causas de que la gente hable con voz chillona y ademanes sacudidos”.

El varón magnánimo está por encima de las preocupaciones de los hombres ordinarios, al modo que dios está por encima del universo. Es un aristócrata que, consciente de sus virtudes, se siente autorizado para darse aires de superioridad. En su concepción del modelo de Estado rechaza un gobierno controlado por los trabajadores y aunque no deshecha la monarquía, se inclina por un gobierno formado por la clase media. Su Estado ideal, como en el de los demás pensadores filosóficos o religiosos, debe mantenerse en guardia contra las revoluciones, porque los hombres están dispuestos a rebelarse por muchos motivos. Especialmente peligroso para el Estado es cuando los trabajadores desprecian a la clase alta. La única base sólida de su Estado es la agricultura, porque el comercio y el dinero intensifican los egoísmos individuales que perjudican al bien común. Bien común, como ya sabemos por Platón, es aquel en el que los privilegiados, sean sabios o terratenientes militares, gobiernan sobre el pueblo. En este bien común la esclavitud está justificada porque hay hombres que carecen de alma racional; la desigualdad económica, porque es un hecho natural que haya ricos y pobres”
En fin, el papa es un príncipe absolutamente ajeno a la condición humana, sin sensibilidad ninguna hacia la miseria, pero con un código de conducta que no una proclamación de derechos, las bienaventuranzas, que fomentan la resignación entre los trabajadores porque, sólo siendo desgraciados alcanzarán la salud en la muerte. Pero él no sabe lo que es ser, cada día, un desgraciado.

Un papa a raíz de la revolución francesa y a lo largo del siglo XIX y XX es un señor feudal, un anacronismo en un mundo en revolución política, industrial  e intelectual. Un príncipe feudal que ve como su mundo se derrumba al ritmo de estas revoluciones. Se derrumba políticamente porque las monarquías absolutas son derrocadas y sustituidas por gobiernos democráticos en los que el poder ya no viene de dios, sino de la soberanía nacional;  se derrumba intelectualmente porque hay teorías: el liberalismo político, el socialismo y el anarquismo que se ofrecen como alternativas a las teorías divinas; se derrumba socialmente porque los trabajadores, el pueblo, esa cosa de la que el ha oído hablar a través de sus secretarios o por la lectura de la Biblia y los Evangelios, se organizan sindicalmente bajo la dirección de los socialistas y anarquistas y , entonces, empieza a sentir pánico al ver cómo su función social: la de controlar a las masas para ponerlas al servicio del poder, se le escapa de entre las manos.

Pero reacciona y toda reacción es reaccionaria. Y el primer gesto de esta reacción, el primer grito lo pone en el cielo el papa Pío VI cuando ante el atrevimiento de la Asamblea Nacional francesa proclamando la “Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” escribe en su panfleto titulado: “Sobre la libertad, Carta al Cardenal Rochefoucauld y a los obispos de la Asamblea Nacional ,10 de marzo de 1791”:

“A pesar, dice, de los principios generalmente reconocidos por la Iglesia, la Asamblea Nacional se ha atribuido el poder espiritual, habiendo hecho tantos nuevos reglamentos contrarios al dogma y a la disciplina. Pero esta conducta no asombrará a quienes observen que el efecto obligado de la constitución decretada por la Asamblea es el de destruir la religión católica y con ella, la obediencia debida a los reyes. Es desde este punto de vista que se establece, como un derecho del hombre en la sociedad, esa libertad absoluta que asegura no solamente el derecho de no ser molestado por sus opiniones religiosas. sino también la licencia de pensar, decir, escribir, y aun hacer imprimir impunemente en materia de religión todo lo que pueda sugerir la imaginación más inmoral; derecho monstruoso que parece a pesar de todo agradar a la asamblea de la igualdad y la libertad natural para todos los hombres. Pero, ¿es que podría haber algo más insensato que establecer entre los hombres esa igualdad y esa libertad desenfrenadas que parecen ahogar la razón, que es el don más precioso que la naturaleza haya dado al hombre, y el único que lo distingue de los animales?”

El siglo siguiente, el  XIX no sólo fue el siglo de las revoluciones liberales y de los comienzos del pensamiento anarquista y marxista y de la organización sindical y política de la clase obrera, fue, también, el siglo de la revolución industrial. La situación de la clase obrera, en la transición del campo a la industria y del corporativismo medieval a la libre contratación, fue, desde un punto de vista económico y social de supervivencia. No es que cobraran poco cuando no estaban parados y sin subsidios, es que cobraban lo suficiente para no morirse de hambre; es que vestían con harapos, es que vivían almacenados y amontonados, es que carecían de enseñanza, sanidad y seguridad. Es que trabajaban doce horas y más, de lunes a lunes, fueran hombres o niños de 5 años. Cómo sería la situación económica y social de las mujeres y niños que “El informe sobre el empleo de niños en las minas”, de 1842, abolió el trabajo en las minas para los menores de 10 años y para el caso de las fábricas se estableció un máximo de 12 horas diarias de trabajo para las mujeres y de seis horas y media para los menores de 13 años.
Y si, además de ser obrero eras mujer, sobre la brutalidad como trabajadora se añadía la brutalidad religiosa y machista sobre unos seres humanos, porque las mujeres también eran seres humanos, a pesar de que la Declaración de los Derechos del Hombre, revolucionaria, a pesar de todo, tampoco las tuviera en cuenta. La mujer no existía ni como sujeto, sólo se la concebía como madre, además de trabajadora, absolutamente sometida a la voluntad caprichosa del macho. Y si además de trabajador y mujer eras lesbiana u homosexual, a la indefensión económica y política había que añadir la indefensión psicológica y moral que convertía a estos seres humanos en víctimas de sus propios deseos. Este cuadro, esta  situación de brutal explotación que la mejor manera de apreciarla no es leyendo a Engels, a Bakunin o a Dikens, sino viendo un álbum de fotos de obreros, niños, mujeres y adultos, a lo largo del siglo XIX,  no me lo he inventado yo. Situación que se prolongará, en Europa hasta el siglo XX. España en la primera mitad de este siglo y durante los años cincuenta poco tenía que envidiar a la Inglaterra del siglo XIX.

Bien, pues en esta situación de miseria absoluta en la que vivía la clase obrera, su santidad León XIII, finalizando el siglo XIX, tuvo la deferencia y la amabilidad de dirigirse, por primera vez un papa, después de 19 siglos sin decir ni una sola palabra, pensaba en la situación de la clase obrera y con enorme tacto y sensibilidad, tal vez por el miedo que empezaba a dar ya el fantasma del comunismo, pues a diferencia de los siglos precedentes, la clase obrera escapa al control de la Iglesia y se organiza sindical y políticamente frente al Poder, afirmó en la encíclica “Rerum novarum”,  que:

(…) destruidos en el pasado siglo los antiguos gremios de obreros, sin ser sustituidos por nada (…) y ante la miseria humana que he descrito antes…
(…)14. Como primer principio, pues, debe establecerse que hay que respetar la condición propia de la humanidad, es decir, que es imposible el quitar, en la sociedad civil, toda desigualdad. Lo andan intentando, es verdad, los socialistas; pero toda tentativa contra la misma naturaleza de las cosas resultará inútil. En la naturaleza de los hombres existe la mayor variedad: no todos poseen el mismo ingenio, ni la misma actividad, salud o fuerza… Por igual razón en la tierra no habrá fin para los demás dolores, porque los males consiguientes al pecado son ásperos, duros y difíciles para sufrirse; y necesariamente acompañarán al hombre hasta el último momento de su vida. Y, por lo tanto, el sufrir y el padecer es herencia humana; pues de ningún modo podrán los hombres lograr, cualesquiera que sean sus experiencias e intentos, el que desaparezcan del mundo tales sufrimientos. Quienes dicen que lo pueden hacer, quienes a las clases pobres prometen una vida libre de todo sufrimiento y molestias, y llena de descanso y perpetuas alegrías, engañan miserablemente al pueblo arrastrándolo a males mayores aún que los presentes. Lo mejor es enfrentarse con las cosas humanas tal como son; y al mismo tiempo buscar en otra parte, según dijimos, el remedio de los males.”
Es por tanto, coherente con esta ideología religiosa, que ninguno de sus dioses y fundadores inicie su legislación, como podemos comprobar en la Biblia, tanto en el antiguo como en el nuevo testamento, en Moisés como en Jesús y en  el Corán, ninguno inicia su legislación proclamando los derechos humanos, proponiendo una forma democrática, popular o asamblearia de poder y de gobierno, el sufragio universal,  la soberanía popular,  la igualdad  política, económica y moral de hombres y mujeres, el derecho al divorcio, al aborto, a los anticonceptivos, a la minifalda, al tanga o a vestirse cada uno como le de la gana, a disponer libremente cada uno de su propio cuerpo. Bueno, mejor dicho, sí proponen valores, valores que tienen una concepción totalitaria del poder, sólo que esos valores religiosos son la negación de estos valores progresistas.  Porque la libertad individual es un gesto de rebelión frente a dios. El comienzo de la emancipación individual.

En coherencia con todo lo dicho, León XIII, en la “Rerum novarum”, nos propone un modelo de sociedad basado en: el corporativismo frente a los sindicatos de clase; la coexistencia de clases y la integración de todas las clases en el Estado; la resignación económica de los trabajadores y un modelo de familia, patriarcal, autoritario, antifeminista y homófobo, frente al individuo y sus derechos. Y el rechazo del gobierno democrático porque:…Sin duda ninguna, afirma este papa, si se compara esta clase de Estado moderno de que hablamos con otro Estado, ya real, ya imaginario, donde se persiga tiránica y desvergonzadamente el nombre cristiano, aquél podrá parecer más tolerable. Pero los principios en que se fundan son, como antes dijimos, tales, que nadie los puede aprobar (…)

Una ideología, una concepción del orden social y político, ratificada por el papa contemporáneo de Mussolini, Hitler y Franco, Pío XI  quien en su propia encíclica la “Quadragesimo anno” con la que, cuarenta años después,  conmemora y exalta la Rerum novarum .  afirmaba que “La concordia de clases engendra la hermosura y el orden de las cosas; y que por lo contrario, de una lucha perpetua, de la lucha de clases, necesariamente ha de surgir la confusión y la barbarie”, y añade que “Al hablar de la reforma de las instituciones, principalmente pensamos en el Estado; no porque de su influjo haya de esperarse toda la salvación sino porque, a causa del vicio del individualismo que hemos señalado, las cosas han llegado ya a tal punto(1931),  que, abatida y casi extinguida aquella exuberante vida social que en otros tiempos se desarrolló en las corporaciones o gremios de todas clases, han quedado casi solos frente a frente los particulares y el Estado. Semejante
deformación del orden social lleva consigo no pequeño daño para el mismo Estado, sobre el cual vienen a recaer todas las cargas que antes sostenían las antiguas corporaciones, viéndose él abrumado y oprimido por una infinidad de cargas y obligaciones.”  No estoy leyendo el “Mein Kampf”, ni el Fuero del Trabajo de los españoles se lo juro, estoy leyendo a Pío XI, conmemorando, orgullosamente, a León XIII.

En 1929 se firmaba el tratado de Letrán con el Estado fascista.  En 1933, Pío XI firmaba un concordato con Alemania nazi. El 14 de marzo de 1937, después de que los obispos españoles hubieran apoyado la sublevación militar contra la República y cuatro meses antes de que estos mismos obispos firmaran y difundieran la Carta colectiva, en la que se calificaba  de cruzada y de guerra de civilizaciones la guerra civil española y un año antes de que se apruebe el “Fuero del Trabajo de los españoles” en el que se invoca la religión y el totalitarismo como fundamentos ideológicos del nuevo Estado,  Pío XI publica la encíclica “Mit brennender Sorge” sobre la situación de los católicos en Alemania. En ésta encíclica no critica la ideología totalitaria ni el régimen nazi, que se limita a calificarlo de pagano porque lo que le dolía es que no fuera católico.

Sólo se queja de los incumplimientos del concordato. El 28 de  agosto de ese mismo año Pio XI reconocía el Gobierno de Franco como el Gobierno representante de España. Poco después enviaba a su embajador o nuncio, Antoniutti, ante el Gobierno de Franco. Nunca volvió a decir nada sobre el régimen nazi, y en 1937 la Bestia aún no había despertado. Aún quedaba por comenzar la Segunda Guerra Mundial, durante la cual se limitó a invocar la paz.

Veremos cómo, en el caso que nos toca a nosotros, el Vaticano por intermedio del cardenal Tadeschini, su embajador ante la España republicana, alienta a las derechas y veremos cómo éstas, tanto Calvo Sotelo, como Gil Robles, como Jose Antonio en alguno sus 27 puntos, se inspiran en las encíclicas papales. En concreto en la “Rerum novarum”, y en otras que irán saliendo y que las derechas citarán sin remilgos y en sus discursos y prensa para legitimarse y orientarse intelectualmente.

Pero volvamos  a marzo de 1938 cuando se aprueba el “Fuero del Trabajo de los Españoles”, que empieza con esta declaración de principios:

“Renovando la tradición católica de justicia social y alto sentido humano que informó nuestra legislación del Imperio, el Estado Nacional, en cuanto es instrumento totalitario al servicio de la integridad patria y sindicalista…”

La Iglesia católica inspiró la España de Franco; concordó con ella desde 1945, año en el que en la Conferencia de Potsdam se acordó aislar a la España franquista hasta que no hubiera sido sustituida la Dictadura por un régimen democrático, aunque fuera una monarquía parlamentaria, solución deseada por Churchill. Y el papa cayó. Reforzaron el Régimen con el nuevo Concordato de 1953 que facilitó los pactos con los Estados Unidos, firmados meses después del Concordato. Y el papa persistió en su espléndido silencio. No en vano. España era un paraíso clerical. La Iglesia volvía a tener un Estado católico a su medida. De nuevo, después del paréntesis liberal y superada la amenaza comunista, el Poder volvía a tener su propio dios, aunque con sede en  el Estado Vaticano. En este sentido España fue una colonia del Vaticano. Y sigue recibiendo el tratamiento de colonia.
No la Iglesia no se equivocó. Nos lo cuenta nada menos que el cardenal Tarancón, consciente de que era necesario cambiar de caballo para poder seguir cabalgando. El 15 de diciembre de 1975, no hacía un mes que había muerto Franco, al inaugurar la XXIII Asamblea Plenaria del Episcopado, Tarancón se refirió a los obispos, presentes en las Cortes franquistas por derecho propio, con estas agradecidas palabras: “Una figura auténticamente excepcional (Franco) ha llenado casi plenamente una etapa larga – de casi cuarenta años – en nuestra Patria”. Por último en lo que se refiere a la Europa liberada de la posguerra, la derrota de los totalitarismos por las potencias aliadas, Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética, dejaba a los países liberados sin una  derecha organizada políticamente. La izquierda, como resistió en la clandestinidad, sí estaba organizada al terminar la guerra. De manera que, al terminar ésta las izquierdas se hubieran podido haber hecho con el poder sin resistencia. Los gobiernos anglosajones estaban preocupados ante este panorama y esa sería una de las razones por las que permanecerían militarmente ocupando los países liberados.
Al mismo tiempo, por lo tanto,  ya estaban trabajando para reorganizar las fuerzas políticas de derechas, que serían las encargadas de contener la nueva amenaza: el comunismo.

Este es el único momento en el que un papa, cuando la derrota del totalitarismo estaba anunciada, por el éxito del  desembarco en Normandía , la liberación de Francia y por  la presión soviética desde el frente oriental sobre Alemania y Austria obligando a los ejércitos nazis a retirarse precipitadamente hacia sus fronteras alemanas, diciembre de 1944, cuando Pío XII se pronuncia a favor de la democracia como forma de Gobierno sin apoyar los principios en que se basa: los derechos y deberes fundamentales de los individuos porque la Iglesia, como sociedad perfecta que se considera, se reserva, siempre, el derecho a adoctrinar e imponer su doctrina y moral, al margen de lo que digan las Constituciones y legislen los parlamentos. Pío XII apoya la democracia en los países liberados por los países no católicos, Estados Unidos y Gran Bretaña, y como última ratio para contener el comunismo.

No reclama la democracia, al contrario de lo que exigieron los aliados triunfantes en Potsdam,  para la España franquista, tampoco para el Portugal salazarista. Estas dictaduras militares y católicas, las únicas que quedan en Europa occidental, se bastan para hacer frente al comunismo sin necesidad de tener que recurrir a la democracia. Y Franco hizo del anticomunismo su razón de ser, igual que el papa en esos momentos.

La democracia cristiana, la derecha, resurgía sobre las cenizas del fascismo bajo la inspiración, una vez más, de los valores cristianos y católicos. Por su vinculación con estos valores es por lo que se  autodenomina cristiana. No tienen nada que ocultar en cuanto a sus orígenes religiosos. Se podrían haber titulado democracia liberal, pero su ideología está más allá del liberalismo político, en el clericalismo autoritario. De momento tocaba simular la intromisión religiosa en los asuntos políticos porque el principal enemigo, no el único, pasaba a ser el comunismo. Franco que ya venía diciendo que el comunismo era el enemigo que legitimaba su Dictadura, y que no por ello restauró un régimen democrático, le sacó un buen partido al anticomunismo.

Con la  caída del bloque soviético, dando fin a la Guerra Fría, se  ha vuelto a poner en primer plano al que fue el primer enemigo de la Iglesia: la democracia y los derechos individuales. Esto es: la libertad, entendida  ésta como el poder que tiene cada individuo para tomar sus propias decisiones, pensar por sí mismo, elegir a sus gobernantes y perseguir el placer y la felicidad.

¿Se equivocó la Iglesia al  asociarse a poderes totalitarios y dictaduras militar-clericales?

La Iglesia se considera así misma una sociedad perfecta cuyo dios no puede equivocarse y cuya cabeza visible al pronunciarse como único interprete de ese dios tampoco puede equivocarse. Si la Iglesia rectificara sus doctrinas y valores quebraría el principio de autoridad, sobre el que se sustenta dios y el poder del papa,  porque o bien dios se equivocó o bien el papa se equivocó o se equivocaron los dos. Algo imposible de entender en una doctrina que es ortodoxa.

Por eso, a pesar de  todo lo que se ha hablado del Concilio Vaticano II, en éste lo fundamental: la doctrina y los valores no se tocaron. Salieron como entraron. Cosa  coherente con la naturaleza ortodoxa de la doctrina. Lo contrario hubiera sido lo mismo que desdecirse de todo lo que han sostenido durante veinte siglos. Y qué dios o qué papas serían esos que cambian su doctrina con el paso del tiempo? Que es imposible evolucionar para una ideología ortodoxa nos lo recuerda,  Pío XI en la encíclica Quadragesimo Anno,  , donde afirma: “Les guiaba ( se está refiriendo a los laicos católicos que querían modernizar  la Iglesia al ritmo de las revoluciones burguesa e industrial) principalmente el empeño de que la doctrina absolutamente inalterada e inalterable de la Iglesia satisficiera más eficazmente a las nuevas necesidades”.

Este trabajo, como ya han podido imaginar, trata de establecer dos hechos: desvelar el carácter totalitario de la ideología religiosa monoteísta, especialmente de la católica por su influencia en el totalitarismo europeo, y establecer, si existe  relación entre esa ideología religiosa totalitaria y las políticas totalitarias que en los años treinta del siglo XX consiguen triunfar, después del largo proceso de gestación a lo largo del siglo XIX.

Estos aspectos son originales porque autores tan destacados como Sternhell en “El nacimiento de la ideología fascista”, Hannah Arendt, en “Los orígenes del totalitarismo” o Sabine en su “Historia de la teoría política” no han tenido en cuenta la relación de  la ideología clerical católica con el totalitarismo político.

De manera que, aunque Sabine no diga nada en su libro “La Historia de la Teoría Política” y por esa razón no califique nunca la ideología católica de totalitaria y no establezca ninguna relación entre esa ideología y las políticas totalitarias del siglo XX, toda religión monoteísta, cuyos dioses se identifican con los valores que son autoritarios, patriarcales, antifeministas y homófobos, es una teoría del poder autoritario que elabora una doctrina de salvación, una mitología, reelaborada a partir de las mitologías precedentes, y unos valores, una moral, al servicio del Poder. Esta es la principal conclusión de este libro.

Que la religión es una teoría del Poder ya nos lo cuenta Moisés en el “Exodo” y el “Levítico”; lo ratifica Pablo de Tarso, y lo repiten San Agustín y el papa Gelasio VI, en el siglo V, Gregorio VII, Inocencio III en en su bula “Venerabilem”,  Egidio Colonna, representante del papa, en su libro “De ecclesiastica potestate, Campanella, quien en el contexto de las guerras de religión de los siglos XVI y XVII propone en su libro “De monarchia cristianorum, De regimene Ecclesiae  y De Monarchie Hispanica una monarquía mundial bajo la autoridad pontificia;  los jesuitas quienes, obedientes al Jefe o papa, defienden la teoría del origen divino del poder: Suárez en su  “Tractatus de  legibus ac deo legislatore” y Mariana en “De rege et regis institutione”. Y la pusieron en práctica creando un Estado jesuita en el Paraguay. Y lo irán repitiendo todos los papas durante los siglos XIX y XX, quienes no reconocen más soberanía que la de origen divino.

Y ahora viene, siguiendo los pasos del fundamentalismo islámico y del nacional-catolicismo, Esperanza Aguirre, mitad monje mitad soldado al servicio fiel del clero, y afirma que el cristianismo es la base de la civilización cristiana. ¡Sí! Tiene razón,  pero es la base de la civilización occidental  antidemocrática y absolutista, tradicionalista, represiva, reaccionaria,  antifeminista y homófoba. Porque éstos son los valores del cristianismo.
Sin embargo, la civilización occidental progresista se ha ido construyendo antes del cristianismo en el mundo clásico y después del cristianismo en el Renacimiento, la Ilustración, el liberalismo político y la defensa de la democracia, los derechos individuales y el deseo de progreso, felicidad y  placer. De manera que a partir del triunfo del constitucionalismo democrático la sociedad occidental ha dejado de ser cristiana. Y no es solamente una conclusión mía, lo denunciaron los papas, como podrán leer en este libro, desde la revolución francesa hasta hoy.

Este enfrentamiento político e ideológico, antagónico y dinámico entre tradición cristiana y progreso se desarrolla en este libro. Pero esta lucha no ha terminado, continúa en nuestros días. Y una prueba de ello es la antiliberal, antidemocrática y peligrosa pretensión de la Iglesia católica y sus propagandistas por reivindicar para sí, para una corporación supraindividual, un derecho que como todo derecho sólo puede ser individual: la libertad religiosa.

¿Qué sentido tiene, entonces, reclamar una libertad religiosa por una organización supra individual? El sentido no es otro que la pretensión de utilizar la libertad como un privilegio corporativo para lucha contra la libertad individual. Insoportable para todo monoteísmo.

Estamos viviendo una contrarrevolución monoteísta desde que el fundamentalismo islámico tomó el poder en Irán. A esta hola, después del desplome del enemigo comunista y con descarada agresividad, se van incorporando los demás fundamentalismos judío y cristianos,  claramente beligerantes contra los derechos individuales, la democracia,  la felicidad y el placer. Este es el peligro de nuestro tiempo. Contra el que sólo cabe movilizarse y luchar o perecer y volver a la caverna medieval.

Estamos ante un libro atractivo por sus contenidos, reflexiones y valores para historiadores, filósofos, políticos y especialmente importante para los movimientos sociales periféricos al poder como: feministas, lesbianas, homosexuales, ateos, jóvenes, intelectuales, artistas, librepensadores…, porque es una contribución histórica y política, al mismo tiempo que una alternativa cultural, moral e ideológica a la cultura tradicional y la moral cristiana y, en este sentido, es una recuperación del pensamiento ilustrado, republicano y progresista.

O religión o progreso. Ser o no ser uno mismo. Esta sigue siendo la cuestión.

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