«No puede ser. Hemos de acabar con ese disfrazado fascismo de orgías, de cobardes, de resentidos, de señoritos que no podían serlo y lo son en cuanto pueden.

[`…]No es hora de histriones. El que comercia con el pueblo lo traiciona, lo deshonra lo vende. Acabemos con los traficantes que hacen mercancía y escarnio del pueblo»
(M. Hernández, “Al Ataque”, 16 de enero de 1937)

Miguel Hernández, poeta del Pueblo

Miguel Hernández, poeta del Pueblo

El 28 de marzo de 1939, al fin de su ejemplar conducta, el corazón de España se enlutecía; la guerra civil llegaba a su término; en fecha idéntica, tres años después, también se enlutecía el corazón de la Poesía. Un negro crespón flotaba sobre ese 28 de marzo de 1942.Al alba, en esa hora en que siempre corresponderá recordarle, tumbado por la fiebre y el delirio, desencajado de sí mismo por la traición del aliento que se le iba, advertido el estertor por Joaquín Ramón Rocamora, que le limpiaba el sudor agónico, pronunció Miguel Hernández sus últimas palabras: « ¡Qué desgraciada eres, Josefina!»

[…] Quedó con los ojos abiertos. Es que verdaderamente no se había preparado para morir, por más adiestramiento que adquiriera en la apelación de las penumbras.

Por más que la muerte le haya ido secando, cuando se le enfrentó, ya hecho un languideciente espectro, demostró todavía el denuedo de su sed de vivir en esa desesperada petición de luz que salía de sus ojos.
(“Miguel Hernández, destino y poesía”, Elvio Romero,Editorial Losada S.A.)

Para Miguel Hernández la poesía social es biografía

Nace de una familia humilde y vive pobremente, realizando labores campesinas, casi sin instrucción. Reaccionó contra el ambiente sórdido de la mísera sociedad rural española con el curioso contraste de un suntuoso retoricismo que enjoyaba bellamente los objetos del mundo real en torno. Todavía muy joven, los problemas sociales ingresaban ya en su arrolladora capacidad expresiva. Recuérdense sus poemas «Sonreídme» y «Alba de hachas», escritos en 1935 ó 36….

[…]Si la poesía social española tuviera que ser reducida  a un solo nombre, por su autenticidad sin vuelta de hoja tendríamos que limitarnos a escribir: Miguel Hernández.
(Leopoldo de Luis, «Poesía social. Antología» Alfaguara)

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